27 marzo 2010

El puerto

Si bien mi intención es no repetir autores, creo que este cuento de Maupassant merece (a igual que "La cabellera") su lugar en este blog.

Hace ya mucho tiempo que lo leí, recuerdo que acostumbraba regalarlo a todos mis amigos "machistas", acompañándolo de la frase "Todas las mujeres son hermanas de alguien, no lo olvides", claro la frase no es totalmente precisa, pero el punto queda claro después de leer el texto.

Espero les guste. Para leerlo completo deben dar click en el título de la entrada.



El Puerto

I

Habiendo salido del Havre el 3 de mayo de 1882, para un viaje a los mares de China, el bergantín barca Nuestra Señora de los Vientos regresó al puerto de Marsella el 8 de agosto de 1886, tras cuatro años de viajes. Después de dejar su primer cargamento en el puerto chino al cual se dirigía, había encontrado al instante un nuevo flete para Buenos Aires, y, allí, había recogido mercancías para el Brasil.
Otras travesías, y también averías, reparaciones, calmas de varios meses, rachas de viento que desvían de la ruta, en suma, todos los accidentes, aventuras y desventuras de la mar, habían mantenido lejos de su patria a aquel bergantín normando que regresaba a Marsella con la bodega llena de cajas de hojalata que contenían conservas de América.

Al zarpar llevaba a bordo, amén del capitán y el segundo, catorce marineros, ocho normandos y seis bretones. Al regreso sólo quedaban cinco bretones y cuatro normandos; el bretón había muerto por el camino, los cuatro normandos desaparecieron en circunstancias diversas y fueron reemplazados por dos americanos, un negro y un noruego, reclutado, una noche, en una taberna de Singapur.

El gran barco, con las velas cargadas, las vergas en cruz sobre la arboladura, arrastrado por un remolcador marsellés que jadeaba delante de él, deslizándose sobre un resto de marejada que la calma sobrevenida dejaba morir suavemente, pasó por delante del castillo de If, y después bajo todas las rocas grises de la rada que el sol poniente cubría de un vaho de oro, y entró en el viejo puerto donde se agolpan, flanco contra flanco, a lo largo de los muelles, todos los navíos del mundo, en revoltillo, grandes y pequeños, de todas las formas y todos los aparejos, bañándose como una bullabesa de barcos en esa dársena demasiado estrecha, llena de agua pútrida donde los cascos se rozan, se frotan, parecen escabechados en un zumo de flota.

Nuestra Señora de los Vientos ocupó su puesto, entre un bricbarca italiano y una goleta inglesa que se apartaron para dejar pasar a su camarada; después, cuando todas las formalidades de la aduana y el puerto estuvieron cumplidas, el capitán autorizó a dos tercios de la tripulación a pasar la noche en tierra.

Había caído la noche. Marsella se iluminaba. En el calor de la tarde de verano, un olor de cocina con ajo flotaba sobre la ciudad bulliciosa, llena de voces, de circulación, de portazos, de alegría meridional.

En cuanto se vieron en el puerto, los diez hombres a quienes la mar mecía desde hacía meses echaron a andar muy despacito, con una vacilación de seres desorientados, desacostumbrados a las ciudades, de dos en dos, en procesión.

Se balanceaban, se orientaban, olfateando las callejas que desembocan en el puerto, inflamados por un apetito de amor que había crecido en sus cuerpos durante los últimos setenta días de mar. Los normandos marchaban a la cabeza, guiados por Célestin Duclos, un mocetón fuerte y listo que servía de capitán a los otros cada vez que saltaban a tierra. Adivinaba los buenos sitios, inventaba faenas muy suyas y no se aventuraba demasiado en las trifulcas, tan frecuentes entre marineros en los puertos. Pero cuando se veía metido en una, no temía a nadie.

Tras alguna vacilación entre todas las calles oscuras que bajan hacia el mar como cloacas y de las que salen pesados olores, a modo de aliento de tugurios, Célestin se decidió por una especie de tortuoso corredor donde brillaban, encima de las puertas, faroles que exhibían números enormes sobre sus vidrios esmerilados y coloreados. Bajo la estrecha bóveda de las entradas, mujeres con delantal, como criadas, sentadas en sillas de enea, se levantaban al verlos llegar, daban tres pasos hasta el arroyo que dividía la calle en dos y cortaban el paso a aquella fila de hombres que avanzaba lentamente, canturreando y bromeando, enardecidos ya por la vecindad de aquellas prisiones de prostitutas.

A veces, al fondo de un vestíbulo, aparecía, detrás de una segunda puerta abierta de pronto y acolchada de cuero pardo, una gruesa chica semidesnuda, cuyas pesadas caderas y abultadas pantorrillas se dibujaban bruscamente bajo un tosco calzón de algodón blanco. Su falda corta parecía un cinturón ahuecado, y la carne blanda de su pecho, de sus hombros y de sus brazos ponía una mancha rosa sobre un corpiño de terciopelo negro rematado por un galón de oro. Llamaba desde lejos: « ¿Entráis, hermosos? » y a veces salía para colgarse de uno de ellos y atraerlo hacia su puerta, con todas sus fuerzas, aferrada a él como una araña que arrastra un animal más grande que ella. El hombre, excitado por este contacto, resistía blandamente, y los otros se detenían a mirar, vacilantes entre las ganas de entrar en seguida y las de prolongar aún más el apetitoso paseo. Después, cuando la mujer, tras denodados esfuerzos, había atraído al marinero hasta el umbral de su morada, donde toda la pandilla iba a precipitarse detrás de él, Célestin Duclos, que entendía de casas, gritaba de pronto: « ¡No entres ahí, Marchand, no es ése el sitio! »

 
El hombre entonces, obediente a esta voz, se soltaba con una brutal sacudida y los amigos volvían a formar el grupo, perseguidos por los inmundos insultos de la exasperada moza, mientras otras mujeres, a lo largo de la calleja, delante de ellos, salían de sus puertas, atraídas por el ruido, y lanzaban con roncas voces llamadas cargadas de promesas. Caminaban, pues, cada vez más enardecidos, entre las zalamerías y las seducciones anunciadas por el coro de porteras del amor de la parte de arriba de la calle, y las maldiciones innobles lanzadas contra ellos por el coro de abajo, por el coro despreciado de las mozas decepcionadas. De vez en cuando se encontraban con otra pandilla, soldados que marchaban con golpeteo de hierro sobre la pierna, más marineros, burgueses aislados, empleados de comercio. Por doquier se abrían nuevas calles angostas, consteladas de turbios fanales. Seguían andando por aquel laberinto de tugurios, sobre adoquines grasientos entre los que rezumaban aguas pútridas, entre aquellos muros llenos de carne de mujer.

Por fin Duclos se decidió y, deteniéndose ante una casa de bastante buena apariencia, hizo entrar a toda su gente.
II


¡La fiesta fue completa! Durante cuatro horas, los marineros se atiborraron de amor y de vino. La paga de seis meses desapareció.
Se habían instalado como dueños y señores en la gran sala del café, mirando con ojos malévolos a los parroquianos habituales que se instalaban ante los veladores, en los rincones, donde una de las chicas que habían quedado libres, vestida de gordo bebé o de cantante de caféconcierto, corría a servirles, después se sentaba con ellos.

Cada hombre, al llegar, había elegido su compañera que conservó toda la velada, pues el vulgo no es mudable. Habían juntado tres mesas y, tras la primera ronda, la procesión desdoblada, aumentada en tantas mujeres como marinos había, se había vuelto a formar en la escalera. Sobre los peldaños de madera, los cuatro pies de cada pareja resonaron un buen rato, mientras se metía, por la estrecha puerta que llevaba a las habitaciones, el largo desfile de enamorados.

Después bajaron para beber, subieron de nuevo, volvieron a bajar otra vez.

Ahora, casi borrachos, vociferaban. Cada uno, con los ojos rojos, su preferida en las rodillas, cantaba o gritaba, daba puñetazos en la mesa, entonelaba vino en su garganta, dejaba en libertad a la bestia humana. En medio de ellos, Célestin Duclos, estrechando contra sí a una chica alta de mejillas rojas, a caballo sobre sus piernas, la miraba con ardor. Menos curda que los otros, y no porque hubiera bebido menos, tenía aún otros pensamientos y, más tierno, trataba de charlar. Las ideas se le escapaban un poco, se iban, regresaban y desaparecían sin que pudiera acordarse exactamente de lo que había querido decir.

Reía, repitiendo:

«Entonces, entonces... ¿hace mucho que estás aquí?
—Seis meses», respondió la chica.

Pareció encantado por ella, como si hubiera sido una prueba de buena conducta, y prosiguió:

«¿Te gusta esta vida?»

Ella vaciló, y después, resignada:

«Se acostumbra una. No es más fastidiosa que otra. Ser criada o buscona, siempre son oficios sucios.»

El pareció aprobar de nuevo esta verdad.

«No eres de aquí», dijo.

Ella dijo que no con la cabeza, sin responder.

«¿Eres de lejos?»

Ella dijo que sí de la misma manera.

«¿Y de dónde?»

Pareció buscar en sus recuerdos, refrescarlos, después murmuró:

«De Perpiñán.»

Quedó de nuevo muy satisfecho y dijo:

«¡Ah! ¿Sí?»

A su vez ella preguntó:

«Y tú, ¿eres marino?
—Sí, hermosa.
—¿Vienes de lejos?
— ¡Ah, sí! He visto países, puertos y de todo.
—¿Quizás has dado la vuelta al mundo?
—Ya lo creo, más bien dos veces que una».

De nuevo ella pareció vacilar, buscar en su cabeza una cosa olvidada, y después, con voz un poco diferente, más seria:

« ¿Has encontrado muchos navíos en tus viajes?
—Ya lo creo, hermosa.
—¿No habrás visto el Nuestra Señora de los Vientos, por casualidad?»
El se rió burlón:
«No más tarde de la semana pasada.»
Ella palideció, toda la sangre abandonó sus mejillas, y preguntó:
«¿De verdad, de verdad de la buena?
—De verdad, como ahora te estoy hablando.
—¿No me estarás mintiendo, al menos?
El levantó la mano.
« ¡Lo juro ante Dios!, dijo.
—Entonces, ¿sabes si Célestin Duclos sigue embarcado en él?»
Sorprendido, inquieto, quiso, antes de responder, saber más cosas.
«¿Lo conoces?»
A su vez ella desconfió.
« ¡Oh, yo no! ¡Hay una mujer que lo conoce!
—¿Una mujer de aquí?
—No, de al lado.
—¿En la misma calle?
—No, en otra.
—¿Qué mujer?
—Pues una mujer, una mujer como yo.
—¿Y qué es lo que le quiere, esa mujer?
—¡Y yo qué sé! ¿Qué pasa?»

Se miraron fijamente, para espiarse, sintiendo, adivinando que algo grave iba a surgir entre ellos.
El prosiguió:

«¿Puedo verla, a esa mujer?
—¿Y qué le dirías?
—Le diría... le diría... que he visto a Célestin Duclos.
—¿Estaba bien, al menos?
—Como tú y como yo, es un buen tipo».

Ella enmudeció de nuevo, ordenando sus ideas, y después, con lentitud:

« ¿Y a dónde iba el Nuestra Señora de los Vientos?
—Pues a Marsella, claro». No pudo reprimir un sobresalto. «¿De verdad de la buena?
—De verdad de la buena.
—¿Conoces a Duclos?
—Sí, lo conozco».

Vaciló otra vez, y después, muy despacito:

«Bueno. ¡Está bien!
—¿Qué es lo que le quieres?
—Escucha, dile... ¡no, nada! »

El la seguía mirando, cada vez más molesto. Al final quiso saber.

«¿Y tú, tú lo conoces?
—No, dijo ella.
—Entonces, ¿qué le quieres? »

Ella tomó bruscamente una resolución, se levantó, corrió a la barra donde reinaba la patrona, cogió un limón que partió y cuyo zumo exprimió en un vaso, después llenó de agua pura el vaso y, trayéndolo:

« ¡Bébete eso!
—¿Para qué?
—Para que se te pase el vino. Te hablaré después».

El bebió dócilmente, se limpió los labios con el dorso de la mano, y luego anunció:

«Ya está, te escucho.
—Vas a prometerme que no le contarás que me has visto, ni por quien sabes lo que voy a decirte. Tienes que jurarlo.
—Lo juro.
—¿Por Dios?
—Por Dios.
—Pues bueno, dile que su padre ha muerto, que su madre ha muerto, que su hermano ha muerto, los tres en un mes, de fiebres tifoideas, en enero de 1883, hace ya tres años y medio».

A su vez, él sintió que toda la sangre se le helaba en el cuerpo, y se quedó durante unos instantes tan impresionado que no se le ocurrió nada que responder; después le entraron dudas y preguntó:

«¿Estás segura?
—Estoy segura.
—¿Quién te lo ha dicho?»
Ella le puso las manos en los hombros, y mirándolo desde lo más hondo de los ojos:
« ¿Me juras que no te irás de la lengua?
—Te lo juro.
—¡Soy su hermana! »
El soltó este nombre, a su pesar:
«¿Françoise? »
Ella lo contempló de nuevo fijamente, después, sublevada por un espanto loco, por un profundo horror, murmuró muy bajo, casi para sí:
« ¡Oh! ¡Oh! ¿Eres tú, Célestin?»

No se movieron, sin quitarse ojo.

A su alrededor, los camaradas seguían chillando. El ruido de los vasos, de los puñetazos, del taconeo que acompañaba las coplas y los gritos agudos de las mujeres se mezclaban con el jaleo de las canciones.

El la sentía sobre sí, enlazada a él, cálida y aterrada, ¡a su hermana!

Entonces, muy bajito, por miedo a que alguien lo escuchara, tan bajo que ella apenas lo oyó:
«¡Qué desgracia! ¡Menuda cochinada que hemos hecho! »
A ella, en un segundo, se le llenaron los ojos de lágrimas, y balbució:
—«¿Es mía la culpa?» Pero él, de pronto:
«Entonces, ¿han muerto?
—Han muerto.
—¿Padre, madre, y mi hermano?
—Los tres en un mes, como te dije. Me quedé sola, sin más que mis cuatro trapos, en vista de que debíamos la farmacia, el médico y el entierro de los tres difuntos, que pagué con los muebles.


«Entré entonces de sirvienta en casa del señor Cacheux, ya sabes, el cojo. Tenía quince años justos en ese momento porque cuando te marchaste aún no tenía catorce. Cometí una falta con él. ¡Una es tan tonta cuando es joven! Luego estuve de criada con el notario, que también me corrompió y me llevó al Havre, a una habitación. Pronto no volvió más; pasé tres días sin comer y luego, como no encontraba trabajo, entré en una casa, como otras muchas. ¡También yo he visto mundo! ¡Ah, y un mundo bien sucio! Ruán, Evreux, Lila, Burdeos, Perpiñán, Niza, y luego Marsella, ¡y aquí me tienes! ».

Las lágrimas le salían de los ojos y de la nariz, mojaban sus mejillas, le corrían hasta la boca.
Prosiguió:

« ¡Te creía muerto también, pobre Célestin! »
El dijo:
«No te habría reconocido, eras tan pequeña entonces, ¡y ahora estás tan grande! Pero ¿cómo no me reconociste tú?»

Ella tuvo un gesto desesperado.

«Veo tantos hombres que todos me parecen iguales». El seguía mirándola a lo hondo de los ojos, oprimido por una emoción confusa y tan intensa que le daban ganas de gritar como un crío al que pegan. La tenía aún entre sus brazos, a caballo sobre él, las manos abiertas en la espalda de la chica, y a fuerza de mirarla la reconoció por fin, a la hermanita dejada en el pueblo con todos aquellos a quienes había visto morir, ella, mientras él corría los mares.

Entonces, cogiendo de pronto entre sus gruesas manazas de marino aquella cabeza recobrada, se puso a besarla como se besa la carne fraterna. Después, unos sollozos de hombre, largos como olas, ascendieron por su garganta, semejantes a hipos de borrachera.
Balbucía:

«Aquí estás, aquí estás, Françoise, mi pequeña Françoise... »

Después se levantó de pronto, empezó a jurar con una voz formidable asestando tal puñetazo sobre la mesa que los vasos volcados se rompieron. Después dio tres pasos, se tambaleó, extendió los brazos, cayó de bruces. Y se revolcaba por el suelo gritando, golpeando el piso con sus cuatro miembros, y lanzando tales gemidos que parecían estertores de agonía.

Todos sus camaradas lo miraban riendo.

«Está un poco borracho, dijo uno.

—Hay que acostarlo, dijo otro, si sale lo van a meter en chirona».

Entonces, como llevaba dinero en los bolsillos, la patrona ofreció una cama, y sus camaradas, tan curdas también que no se tenían en pie, lo subieron por la estrecha escalera hasta el cuarto de la mujer que lo había recibido hacía un momento, y que se quedó en una silla, a los pies del tálamo criminal, llorando tanto como él, hasta la mañana.



Baii.

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